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ra la una de la tarde, de un viernes 25 de Mayo. El sol estaba en todo su esplendor. Los rayos traspasaban la ventana de mi habitación que estaba frente a mí, y alcanzaban a acariciar mi piel, para brindarle calor a mi cuerpo, y a mi adolorido corazón.
Me senté perfectamente en la camilla, dando la espalda hacia la puerta, así sí lloraba, podía eliminar mis lágrimas y fingir que nada pasaba.
El silencio se hacia presente, pero no me molestaba, al contrario, me hacia bien tener tiempo para mí. Desde hace un par de días, no me dejaban pensar, no me permitían desahogar mi dolor. Si, estaba en mi habitación del hospital, donde pasé la peor semana de mi vida. Donde todo mundo me vigilaba por si trataba de hacer una locura. Nadie me dejaba en paz.
Las enfermeras entraban cada cinco minutos aproximadamente, porque según mi historial médico, puedo sufrir una crisis nerviosa.
¡Por supuesto que la sufriría si no me dejaban sola!
Sin embargo eso no sucedió. No deseaba armar un escandalo, frente a mi amiga Melody, que no dejaba de mirarme desde el otro extremo de la habitación, cuando aun seguía conectada a esos aparatejos del hospital. Ella me había mirado frecuentemente, esperando a que explotará, como lo habían previsto las enfermeras, sin embargo, mi orgullo prevalecía, y no solté ninguna lágrima… ni una sola.
Lancé un suspiro al aire, y presentí que las lágrimas se avecinaban a salir. Así fue. Las lágrimas se apoderaron de mis ojos, y recorrieron mis mejillas, sin piedad. No tarde en sollozar, ni en sentir la garganta tan seca que me asfixiaba la sensación.
Llore con desesperación, con dolor y agonía. Jamás en la vida me sentí tan vacía, ingenua, y sosa. La palabra muerte me rondaba por la cabeza, como si fuera una molesta avispa dentro de mi mente, recordándome que estaría sola, y que así sería para siempre…
[…]
— Señorita Pierce—habló la señora de cabellera larga, completamente rubia y lacia; como suelen tener las modelos de comerciales de shampoo.
Portaba una falda completamente negra, y hacia un conjunto con su blusa blanca con decorado en la parte abierta del cuello. Me recordó a mi Barbie quiero ser secretaria. Escondí mi sonrisa entre mis manos al pensar aquello.
— Soy yo—respondí sin más.
— Lamento, la interrupción, y también siento ser la portadora de dicha noticia pero…—se detuvo por unos segundos para observarme en la camilla—Señorita Pierce…
— Disculpe— la interrumpí—Odio el suspenso. Si va a decirme que mi casa se quemo a los cimientos… no se preocupe en decírmelo, por que yo lo vi—suspire— Tal vez ahora mis padres me hagan caso y nos mudemos a Inglaterra, yo siempre quise conocer un británico y…
— ¡Azalea! —me interrumpió Melody— Por Dios…
Lancé una mirada de desaprobación en dirección a mi amiga, y luego asentí. Así que la Barbie secretaria continuo.
— Señorita, lo lamento mucho. Cuenta con todo mi apoyo en cualquier momento, y… en cuanto salga del hospital, se dará paso a la lectura, del testamento de sus padres.
— ¿Cómo dijo? —pregunté tratando de procesar aquellas palabras— ¿Quiere decir…?
— Lo siento. La noche del incendio, sus padres tuvieron un accidente automovilístico. No sobrevivieron.
Las palabras me acuchillaron desde todos los ángulos posibles, y fue cuando me di cuenta… que toda mi vida se había ido a la basura.
— Esta bien—le respondí a la rubiecita— Ahí la veré.
Ella asintió y salió de mi cuarto, haciendo resonar sus tacones en el pavimento.
— Azalea…— me llamo mi amiga de cabello castaño y ojos verdes, quien se colocó a un costado de mi camilla—De verdad…
— Mel—la calle antes de que fuera tarde—No digas mas—hable firme—No tocaremos el tema. ¿De acuerdo?
— Bien—suspiró.
Aproveché ese momento para levantarme de la cama, aun adolorida por la tensión de mis músculos. Tomé la barrita que contenía mi suero, y junto con ella me dirigí al baño de mi cuarto. Abrí la llave del lavabo en cuanto cerré la puerta a mi paso, y deje que el agua corriera con total naturalidad, para que pudiera acallar los sollozos que salían de mi garganta, al llorar.
[…]
Muertos. La palabra hacia mi cuerpo temblar, y a mi corazón destrozar.
Madre. ¿Cómo seguiré? ¿Ya no me enseñarás a cocinar? ¿Ya no nos sentaremos en el sofá a ver videos caseros? ¿Ya no podré sentir tus cálidos brazos? ¿O apreciar los exquisitos perfumes, combinados con tu esencia? ¿Ya no saldremos de compras juntas?
Padre. ¿Ya no me enseñaras a conducir? ¿No volverás a darme peluches para mi colección? ¿Ya no habrá mas salidas al bosque? ¿Ya no más basquetbol? ¿Jamás volveré a hornear pays de queso contigo? ¿No más abrazos?
¡NO!
Golpee con mi puño la ventana y pegue mi rostro a la ventanilla, mientras gritaba desde lo más profundo de mi alma, de mí ser…
¡No! ¡No! ¡No!
Caí de rodillas al piso con las lágrimas brotando de mis ojos, sin control.
No me importa nada; me repetí a mi misma.
— ¡Odio usar este maldito vestido negro! ¡Estas horribles zapatillas que me hacen tropezar! ¡Odio a quien aparto de mi lado a mis padres!
No estoy lista para ir a ese funeral. No puedo ir a ese lugar donde todo mundo me hará sentir diminuta, y miserable, donde fingirán que me comprenden, donde dirán que sienten mi pérdida.
¡No iré! ¡No puedo ver como los entierran! ¡No puedo verlos con el rostro pálido! ¡Quiero recordarlos como son! ¡Con las mejillas coloridas! ¡Con los ojos brillosos! ¡Con sus cálidas mano! ¡Con su esencia!
¡No lo soportaré!
— ¡Debí morir con ellos! ¡O debí morir en su lugar! ¡No debieron salvarme! ¡Debí morir quemada en mi hogar! ¡Maldigo a quien me salvo! —grité a todo pulmón, deseando que mi habitación acallara mis gritos desesperados.
Me recosté en el suelo, sintiendo como estaba al borde de mi crisis nerviosa. Las enfermeras tenían razón…La frialdad del suelo se apodero de todo mi cuerpo, y me coloque en posición fetal, tratando de controlar el temblor que sentía, el dolor que me invadía.

Lloré con más fuerza, olvidándome del mundo entero, no deseaba que nadie me molestara, quería derrumbarme, caer y no ser levantada, autodestruirme si era posible.
Me sentía devastada…
La puerta de mi habitación se abrió, y aun tirada en el piso, logre notar ese par de zapatos italianos, acercándose a donde estaba.
Ya no tenía fuerzas, ni para gritarle que se fuera. Quien quiera que se tratará.
— ¿Azalea? —me llamo el sonido de una tenue voz.
Me logré arrastrar un poco por el piso, e intenté levantarme, pero el justo estaba cerca de mis pies. Su mirada era desgarradoramente triste, justo como debía verse la mía. Jamás en la vida lo había visto, pero lo reconocí al instante por aquél par de ojos celestes, que ahora estaban rojos por… ¿las lágrimas?
Sin embargo… ¡Era él! ¡El que no me permitió morir en mi casa! ¡El que no me dejo reunirme con mis padres!
No pude apartar la mirada de ese chico, el dolor no me permitía moverme siquiera, me estaba ahogando, juro que hasta estaba hiperventilando… en cualquier minuto podría darme un infarto, pero… ¡Tenía algo que hacer! ¡Y no podía esperar!
Me levanté adolorida, aun por los golpes que había sufrido cuando explotó la estufa, pero la ira estaba presente en mí, y el dolor me daba más fuerzas que nunca para levantarme.
Estuve de pie al fin, y aquél chico aun tenía la vista en mí, veía el dolor en sus ojos, pero no me importaba, fuera cual cuera la razón por la que había llorado, no era más desgarradora que la mía.
— Azzie ¿te encuentras…?
Y antes de dejarlo terminar, le solté una bofetada, marca ACME—como solían decir en mis caricaturas de Bugs Bunny— provocando un ligero tono rojizo en su mejilla. En el área el cual había golpeado.
— ¡No debiste salvarme! —le grité a ese desconocido de cabellera castaña— ¡No tenías derecho! ¡Pude haberme ido con mis padres! ¡Pude…! ¡Pude…!
Y sentí como si un piano me cayera encima, y me impidiera respirar. Después la negrura me llevó al vació, dejándome nuevamente... sola. En silencio.
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